Friday, December 12, 2008
CO FOUNDER
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En África lo último que se pierde es la fe (Parte I)
Era viernes por la noche. Monse y yo nos habíamos quedado solas en un mítico bar de Kigali, El Republika. El sueño arrastró al grupo y fueron cayendo como pajarillos.
Estábamos aún animadas, sonaba buena música y teníamos que ponernos al día de todo lo ocurrido durante la semana sentadas en una mesita de madera con muchas y diminutas luces de la ciudad de Kigali aún encendidas. Al rato, decidimos migrar hacia otro sitio y elegimos el B-Club, un bar musical nuevo en la ciudad en el que te encuentras gente tan arreglada que podrían estar en una boda y tú haberte infiltrado de repente. Obviamente, no íbamos vestidas de boda, ya teníamos dos buenas razones para no pasar muy desapercibidas.
Aquella surrealista noche conocimos a personajes de muy diversa índole. Un grupo de nor-koreanos que insistían en bailar con nosotras a ritmo de vals de convivencias a los 12 años. Paradise la relaciones públicas del local, una chica delgada como una escoba, modelo, que hablaba sin cesar cual metralleta sin importarle nuestra cara de póker al no cazar palabra dados los decibelios del local. Un simpático dúo de África del Oeste de visita a Kigali para una reunión de la Unión Africana. El Dj del local, novio de mi amiga Leah resignado a pinchar la música que menos le gusta para el local en cuestión… Entre esta fauna Monse y yo ya estábamos ambientadas. Tanto es así que bajé la guardia y “abandoné” a su suerte – nunca mejor dicho – el pequeño monedero que traía a modo de bolso. Lo dejé encima de la mesita acompañado de una copa y deambulé por la terraza del local con toda la pachorra que me ha sido concebida por gracia divina. De repente, sonó una canción muy familiar: “thers nothing that a hundred man could ever do, I passed the rains down in Africa…” y todos a mover las cabezas a ritmo. Entre movimiento y movimiento recordé que mi monedero también existía y fui a echarle un ojo encima de la mesa. Ante una situación así la gente te dice…”pero como eres tan tranquila!” y no es para menos, un individuo de identidad desconocida acababa de cogerlo de encima de la mesa y había salido por patas sin dejar demasiado rastro. Empezó la persecución y se acabaron los bailes. Rápidamente fuimos a buscar a Emanuel, uno de los seguratas del local al que conocíamos desde hace unos años. Emanuel llamó a mi teléfono varias veces y alguien lo cogió, se oía una moto de fondo, lo intentamos hasta que lo desconectaron. Enseguida apareció Sam - jefe de seguridad - y con él salimos como balas en el coche de Mon a hacer la ruta del bacalao: Planet y Cadillac, las otras dos discotecas. Cuando alguien roba un monedero saben muy bien que lo primero que hará será meterse en una discoteca y gastarse todo el dinero que tiene en alcohol esa misma noche. No, ni se les ocurre por un momento meterlo debajo de la almohada.
(…)
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mille collines
Durante una semana, Elena – asesora de marketing del proyecto - fue parte de nuestra vida en Ruanda. En pocos días era una pieza tan encajada que sentimos que siempre formó parte del proyecto aquí.
Elena llegó acompañada de Marc que había estado trabajando con el equipo de Barcelona durante dos meses. Mientras esperamos junto a José Luís a que salieran del aeropuerto de Kigali yo era un saco de nervios, emoción y mucha expectativa.
Mientras Elena estuvo aquí pudimos enseñarle todos los equipos que forman el proyecto. Empezamos por el taller central en Kigali dónde conoció a Antoine - director del taller - y los proveedores con los que trabajamos en la capital. Viajamos a la colina varios días para mostrarle las cooperativas que desde allí fabrican productos que completan las piezas. Nos reunimos con numerosas personas con las que en un futuro próximo podríamos colaborar; Yuri Mito, una chica japonesa licenciada en medio ambiente que está desarrollando en Ruanda un proyecto para fabricar con fibra de banana un tejido de alta calidad. Consolate Mukabutera, responsable de marketing en la fábrica de tejidos local “Utexrwa”. Jean de Dieu Hakizimana, coordinador de los trabajos artesanales en la agencia de promoción a la exportación e inversión en Ruanda (Riepa). Joy Ndungutse, fundadora del proyecto “Gahaya Links” en el que se ha conseguido por primera vez exportar con éxito al mercado americano cestos artesanales de alta calidad fabricados por las mujeres en la colina.
Elena observó minuciosa e incansablemente cada parte del proyecto. No dejó de hacernos preguntas cargadas de reflexión y constructivismo. Se involucró completamente en nuestro trabajo aquí y nos ayudó a organizarnos para lo que se nos viene encima los próximos meses. Con ella, sacamos conclusiones importantes y nos sentimos arropados por su profesionalidad y experiencia. Absorbimos como esponjas.
Por primera vez en mucho tiempo pudimos trabajar en equipo los tres juntos. Pusimos en común muchas ideas, analizamos guiados por Elena cual sería la estrategia de marketing más interesante, nos cuestionamos limitaciones reales del proyecto, amenazas y oportunidades. Entre todo esté “no parar” no faltó tiempo para muchas risas, acariciar a Duma mientras colocaba su cabeza encima de Elena a cada minuto, fumarnos unos cuantos cigarrillos en la terraza acompañados de una taza de café ruandés, escuchar a Elena explicarnos cómo funcionan las “eco-aldeas”, mantener a la luz de las velas numerosas conversaciones profundas acerca de la labor del cooperante, la actual situación en RDC y la crisis mundial del capitalismo con la familia española.
Al dejarla en el aeropuerto nos quedamos cual pajarillos en rama pero enseguida sentimos que su visita nos había inyectado ilusión, esperanza y sobretodo nos había mostrado claramente el Norte de la brújula que debíamos usar.
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Una imagen resume la visita de Elena al proyecto.
"Un puente para unir el saber hacer africano a Occidente"
(Elena aprendiendo a moldear barro con un artesano Batwa en
la poterie de Gatagara - colina ruandesas.)
(Elena aprendiendo a moldear barro con un artesano Batwa en
la poterie de Gatagara - colina ruandesas.)
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